La película del director rosarino Diego Fidalgo, Jallalla Bolivia, es una extrañeza dentro de la producción nacional. Tierra de los padres (Prividera, 2012), La televisión y yo (Di Tella, 2003), Las aguas del olvido (Perel, 2013) podrían pensarse como ensayos, también.
Tanto en Santiago (Uma reflexão sobre o material bruto) (Moreira Salles, 2006) como en Jallalla Bolivia (Fidalgo, 2007) se hace ingresar imágenes bastardas que el cine suele dejar afuera del montaje. Son bienvenidos los fantasmas de la cámara, el grano, el fuera de campo que el productor comercial desprecia.
En Jallalla Bolivia lo primero que aparece es el material fílmico, el artificio cinematográfico: las imágenes y el sonido marcados por la toma de una vieja cámara Bolex a cuerda en donde lo brumoso comienza a aclarar y en blanco y negro vemos a personas que van cruzando a pie el límite con Bolivia. La música incidental es perturbadora. En Jallalla Bolivia no hay voz en off, no hay autoridad, no hay entrevistados, la cámara renuncia a interpretar. Y nada de esto es necesario para entender lo que significó la asunción de Evo Morales por primera vez a la presidencia de ese Estado plurinacional que es Bolivia. La música ocupa un lugar tan central porque amplifica lo que no podemos escuchar y que Diego Fidalgo intuye: el bramido agónico de la tierra, el estremecimiento de una cultura que espera hace quinientos años. Los sonidos corresponden a las composiciones de Mauricio Kagel y las músicas andina y aymara, por un lado, y las voces de la calle como ecos de la ciudad, más los noticiarios radiales, pero con una distancia de escucha: la de un extranjero que quiere comprender abandonando lo que cree sabido. La película es un poema épico y elegíaco a la vez.
En Jallalla la voz de Evo Morales no acompaña su imagen, van desacopladas. Ese recurso que responde al cine moderno (el acto de la palabra se convierte en una imagen acústica autónoma) tiene un fundamento político: la voz de Evo ya no le pertenece, las palabras ya no son suyas. Fidalgo va jugando con el color y el blanco y negro de las imágenes. La vitalidad del color está anclado al presente del film, el subtexto es el blanco y negro: la larga espera y el tiempo. La belleza de esta película es inagotable; encontró su forma justa (como exactitud y justicia).
De ‘El ensayo a la búsqueda de la imagen’ de Vanina Escales El ensayo a la búsqueda de la imagen, por Vanina Escales
Tanto en Santiago (Uma reflexão sobre o material bruto) (Moreira Salles, 2006) como en Jallalla Bolivia (Fidalgo, 2007) se hace ingresar imágenes bastardas que el cine suele dejar afuera del montaje. Son bienvenidos los fantasmas de la cámara, el grano, el fuera de campo que el productor comercial desprecia.
En Jallalla Bolivia lo primero que aparece es el material fílmico, el artificio cinematográfico: las imágenes y el sonido marcados por la toma de una vieja cámara Bolex a cuerda en donde lo brumoso comienza a aclarar y en blanco y negro vemos a personas que van cruzando a pie el límite con Bolivia. La música incidental es perturbadora. En Jallalla Bolivia no hay voz en off, no hay autoridad, no hay entrevistados, la cámara renuncia a interpretar. Y nada de esto es necesario para entender lo que significó la asunción de Evo Morales por primera vez a la presidencia de ese Estado plurinacional que es Bolivia. La música ocupa un lugar tan central porque amplifica lo que no podemos escuchar y que Diego Fidalgo intuye: el bramido agónico de la tierra, el estremecimiento de una cultura que espera hace quinientos años. Los sonidos corresponden a las composiciones de Mauricio Kagel y las músicas andina y aymara, por un lado, y las voces de la calle como ecos de la ciudad, más los noticiarios radiales, pero con una distancia de escucha: la de un extranjero que quiere comprender abandonando lo que cree sabido. La película es un poema épico y elegíaco a la vez.
En Jallalla la voz de Evo Morales no acompaña su imagen, van desacopladas. Ese recurso que responde al cine moderno (el acto de la palabra se convierte en una imagen acústica autónoma) tiene un fundamento político: la voz de Evo ya no le pertenece, las palabras ya no son suyas. Fidalgo va jugando con el color y el blanco y negro de las imágenes. La vitalidad del color está anclado al presente del film, el subtexto es el blanco y negro: la larga espera y el tiempo. La belleza de esta película es inagotable; encontró su forma justa (como exactitud y justicia).
De ‘El ensayo a la búsqueda de la imagen’ de Vanina Escales El ensayo a la búsqueda de la imagen, por Vanina Escales